Las personas que han sufrido una amputación se enfrentan a un proceso traumático en varios aspectos. Por un lado, el desequilibrio psíquico que experimenta su cerebro: toda una red de información acerca de esa parte del cuerpo que aún sigue vigente (sin estarlo). Por otro, las consecuencias físicas evidentes de tener que adaptarse a una nueva vida funcional. Todo esto se acompaña siempre de una readaptación funcional al medio y al continuo sufrimiento y duelo de la pérdida de una parte del propio cuerpo, que normalmente es una extremidad o una parte de esta.

Cuando una persona sufre una amputación ha de asimilar la pérdida de una serie de funciones o de capacidades físicas que no puede volver a hacer del mismo modo en el que lo hacía antes. Aunque consiga volver a desempeñar habilidades de manera resolutiva ante un mismo evento, la forma de hacerlo será diferente, ya sea con otra parte de su cuerpo, con ayudas externas o con una combinación de movimientos diferente. Incluso se darán procesos de razonamiento y afrontamientos neurológicos diferentes. Por suerte, la posibilidad de sustituir las habilidades perdidas puede llegar a ser alta.

La amputación también conlleva un dolor físico por la propia cicatrización de la herida, y se mantendrá en el tiempo hasta en un 80% de los casos. Quienes han perdido parte de una extremidad, un ojo o un pecho refieren tener sensaciones en el miembro ausente transcurrido un tiempo, principalmente de dolor y de movimiento. Esta sensación se denomina “síndrome del miembro fantasma”.

A pesar de que físicamente no tienen esa parte del cuerpo, en el cerebro sí que se mantiene su representación en el Homúnculo somatosensorial de Penfield. Esta representación de nuestro cuerpo se encuentra en el lóbulo parietal, concretamente en las áreas 1, 2 y 3 de Broadmann, y percibe las sensaciones táctiles: la temperatura, la presión, la vibración, el dolor, la posición y el movimiento. Este homúnculo es como un cuerpo humano “virtual” en nuestro cerebro, que adopta una forma proporcional a la sensibilidad de cada parte de nuestro cuerpo (las partes con más territorio nervioso son las que el cerebro interpreta que requieren de más recursos, como por ejemplo la cara, la lengua y los pulgares). Este ente seguirá recibiendo señales desde el muñón, activando así sensaciones que parecen provenir del miembro inexistente.

Con el paso del tiempo normalmente disminuyen las percepciones del miembro ausente y el Homúnculo de Penfield se reorganiza dando mayor sensibilidad a las zonas somatosensoriales adyacentes, reorganizando y readaptando su actividad. Esto significa que el homúnculo puede cambiar y evolucionar, al igual que pueden hacerlo las sensaciones de una determinada estructura corporal si así lo determina el cerebro. No obstante, si los dolores no cesan deberán tratarse con estimulación eléctrica, terapia en espejo y medicación. Una reeducación por parte de un fisioterapeuta especializado puede ser una excelente alternativa a tener en cuenta.

No podemos obviar las secuelas psicológicas de una amputación. La angustia y el sufrimiento invade a quien debe de dedicar un tiempo a aceptar la pérdida de algunas capacidades (aunque sean pérdidas temporales), ya sean actividades básicas o actividades instrumentales de la vida diaria. Esto golpeará fuertemente su concepción de valía y su autoestima, por lo que habrá que cuidar su estado de ánimo.

Es común que a medida que avanza el proceso de recuperación también se produzca una transformación de la personalidad como consecuencia de la readaptación a la nueva realidad.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Butler DS, Moseley GL. Explicando el Dolor. Noigroup Publications; 2010. 133 p.

 

CRÉDITOS:

MIGUEL ORTEGA CASTILLO

Fisioterapeuta por la Universidad de Málaga (España)

Osteópata por la Escuela de Osteopatía de Madrid (España)

Máster Universitario en Investigación en Ciencias Sociosanitarias por la Universidad de Alcalá de Henares

(Madrid – España)

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